

La entrevista gira en torno a una idea clave: comunicar no es informar, sino impactar emocionalmente y con autenticidad en los demás. Miguel Ángel Pérez Laguna lo deja claro desde el principio: cualquiera puede transmitir datos, pero muy pocos logran que sus palabras conmuevan, inspiren o transformen. Para él, el corazón de una buena comunicación es un mensaje poderoso, claro y orientado a provocar un cambio real en quien lo recibe.
La conversación se convierte así en un viaje por una de las cuestiones más determinantes de nuestra época: cómo lograr que un mensaje destaque cuando el mundo entero parece gritar a la vez. Y Miguel Ángel lo resume con una frase que podría grabarse en neón sobre cualquier escenario: “Hoy no competimos por tener razón, competimos por ser recordados.»
Miguel Ángel explica por qué tantas organizaciones fallan en su comunicación: porque la confunden con transmitir información. Y la información, aunque sea útil, no siempre mueve. Lo que mueve a las personas es lo que les toca, lo que les importa, lo que les hace cambiar un milímetro su forma de ver el mundo. La buena comunicación —insiste— nace de la claridad y de la intención, pero también de la capacidad de hablar desde un propósito auténtico.
Durante la entrevista, desarrolla una idea que hoy resulta imprescindible para cualquier profesional, directivo o marca: la comunicación es una ventaja competitiva. No importa cuánta experiencia tengas o qué producto vendas; si no sabes contarlo de la forma adecuada, el valor se queda atrapado en un cajón. Por eso, para Miguel Ángel, la comunicación no es un accesorio, sino una palanca estratégica.
Otro eje fundamental que aborda es la importancia de un mensaje con alma. En su visión, un discurso impecable pero vacío es como un regalo envuelto en oro… que contiene aire. En cambio, un mensaje real, humano, imperfecto y honesto tiene una capacidad de conexión infinitamente mayor. Añade con humor que, en comunicación, lo perfecto suele oler a “fabricado en laboratorio”. Y las personas no quieren laboratorios; quieren verdad. Quieren alguien que les hable de tú a tú, con claridad y sin máscaras.
En la entrevista analiza también los errores más habituales que observa en líderes y equipos: mensajes saturados de frases hechas, obsesión por parecer inteligentes, discursos interminables sin una dirección clara, o el miedo paralizante a no “sonar bien”. Miguel Ángel rompe esa dinámica con una idea simple: la comunicación es un acto de servicio. No se trata de quedar brillante, sino de ser útil. De ofrecer claridad. De aportar un marco nuevo. De explicar algo de manera que, gracias a ti, otra persona pueda verlo de otra forma.
Ese enfoque también aparece cuando habla de la necesidad de orientar la comunicación hacia la acción. Emocionar está bien, pero emocionar sin consecuencias es como encender un cohete que no despega. Por eso, para él, un mensaje de impacto debe llevar insertado un vector: ¿qué quieres que ocurra después? ¿Qué decisión esperas inspirar? ¿Qué transformación quieres facilitar? Comunicar sin propósito —dice en la entrevista— es llenar el aire de palabras. Comunicar con propósito es mover a la gente.
Fuente:Talengo